
Una historia de amor sirve de pretexto al director para tratar de capturar la atmósfera, el clima, el ambiente o espíritu de la época, con evidente nostalgia por aquellos jóvenes, cuya pureza de ideales, les hacía hacer y deshacer mundos, romper tradiciones e inventar otras: los abuelos de la generación de los 80, inconformes y tenaces, enfrentando/confrontando los imposibles, lo nuevo verdadero.
El filme, como casi toda la obra de este director, no deja de ser “musiquita” ante la colosal sinfonía que pretende abordar: lo más loable es que al cabo de casi cincuenta años, los cubanos reímos con singular madurez de las horas en que, al parecer, con saña, alevosía y traición nos iban “a borrar del mapa”, en medio del más radical desamparo.
Cosas veredes.